martes, 30 de septiembre de 2014

Los Rockefeller sueltan algo de lastre petrolero

 La columna original en el diario
Una señal de los tiempos que cambian (lentamente)
Sábado 27 de Septiembre de 2014
por Gabriel Puricelli*

¿Mucho ruido y pocas nueces? Cuando un apellido tan asociado al petróleo como Rockefeller, el de la familia que dio no sólo origen a la Standard Oil, sino que también erigió algunos de los íconos más representativos de la potencia humana puesta en acto por el combustible fósil, cuando un nombre casi sinónimo del oro negro empieza a divorciarse de éste, es imposible no preguntarse qué se cifra en esa acción. Cuando miramos un poco más de cerca los hechos, más allá de los titulares, nos asalta otra tentación, la de pasar de largo frente a un inteligente cuanto ilusorio ejercicio de relaciones públicas. Sin que ello importe contradicción, podemos pensar el anuncio del Rockefeller Brothers Fund(RBF) al mismo tiempo como síntoma del fin de la época que los padres de esa dinastía inauguraron y como un gesto de corrección política para redorar la marca Rockefeller bajo la enseña de la “responsabilidad social empresaria”. Los herederos de John D. y William Rockefeller se sumaron simbólicamente a la marcha por la Quinta Avenida hacia la sede de la ONU para reclamar acciones para mitigar el cambio climático a la cumbre del 23 de septiembre. Simbólico es, también, el adjetivo que mejor describe la cuantía de la venta de activos que el fondo tenía invertidos en compañías dedicadas a la explotación o el procesamiento de combustibles fósiles: cuando haya terminado de venderlos, habrán cambiado de mano tan sólo unos 60 millones de dólares, lo que representa menos que una gota de agua en el océano de cinco billones (millones de millones) de dólares que suman las inversiones planetarias en el sector. Incluso la cifra es pequeña en comparación con los activos totales (3.600 millones de dólares tan sólo en la Fundación Rockefeller) que controla la familia.

Sin embargo, sería necio minimizar el significado de un gesto que pone blanco sobre negro el hecho de que los combustibles fósiles empiezan a generar asociaciones casi exclusivamente negativas en las mentes de una porción creciente de la humanidad. Los Rockefeller, desde hace décadas a caballo de esa zona gris del pensamiento que comparten los casi extintos republicanos moderados y los demócratas más afines a los medios de negocios, funcionan en este caso como el barómetro de una élite del capitalismo global cuya aversión a la catástrofe supera su nunca inapetente pulsión por las ganancias.

Pocos deberíamos prestar más atención a estos signos que los argentinos, cuyos gobiernos vieron en la Standard Oil, a mediados de los ́50, a ese socio providencial que podía ayudar a estirar un período de crecimiento económico, y ahora a Chevron como ese inversor sin alergia al riesgo que puede ayudar a desenterrar un tesoro saudita en el norte de Neuquén. Los Rockefeller están redecorando la casa y los blasones de esas dos compañías de su linaje parecen destinados al altillo, aunque la familia todavía espera que rindan millones de millones de dólares antes de cerrar sus pozos.


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domingo, 25 de mayo de 2014

Parlamento Europeo 2014: resultados




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viernes, 16 de mayo de 2014

El hinduísmo arrasa en India






La ola Azafrán
Martes 22 de abril de 2014
Por Gabriel Puricelli*

De los tres colores de la bandera, los indios podrían encontrarse el 16 de mayo con un gobierno que respete sólo el azafrán. Las encuestas favorecen desde comienzos de 2013 a Narendra Modi, el candidato a Primer Ministro de la Alianza Democrática Nacional (NDA), donde manda el nacionalismo hindú, identificado religiosamente con ese color.

La elección en el país democrático más poblado del mundo suscita el interés obligado por cualquier cosa que suceda en una potencia nuclear de enorme peso demográfico, pero hay dos factores a destacar. Por un lado, la posibilidad de que el laicismo de la Alianza Progresista Unida (UPA) se vea reemplazado por el nacionalismo hinduísta con pinceladas de fundamentalismo de la Alianza Nacional Democrática (NDA). Por el otro, la necesidad de la economía india de recuperar tasas de crecimiento que creen los millones de empleos que una población joven demanda: las tensiones sociales que crea crecer a menos del 5% (una tasa propia de un período de crisis para los estándares indios de las últimas dos décadas), después de un largo período con el PBI aumentando a cerca del doble de velocidad, son difíciles de metabolizar en un país tan poblado, variado y extenso.

El proceso de crecimiento y modernización heterogénea que ha vivido la India desde la liberalización económica impulsada por el actual Primer Ministro Manmohan Singh cuando fue Ministro de Finanzas (1991-1996), ha continuado bajo gobiernos tanto del Partido del Congreso (actualmente en el gobierno desde 2004,con la UPA) como del Partido Bharatiya Janata (BJP, principal miembro de la NDA). Esa trayectoria ha conllevado, en lo social, tanto la consolidación de desigualdades sociales antiquísimas, como la emergencia de una clase media antes casi inexistente. En el campo político, la pujanza económica ha sido acompañada por el desplazamiento de las viejas élites educadas y aristocratizantes y la llegada masiva al parlamento de legisladores plebeyos, incluyendo una legión de caciques regionales oportunistas, con el paralelo debilitamiento de los dos grandes partidos y, dentro de éstos, de los viejos liderazgos.

En el caso del Partido del Congreso, la dinastía inaugurada por el Pandit Nehru tras la independencia y continuada por su hija Indira Gandhi y su nieto Rajiv (ambos asesinados), sigue en apariencia incólume, con la viuda italiana de Rajiv, Sonia, en la presidencia partidaria desde hace 15 años y su hijo Rahul como candidato a Primer Ministro: sin embargo, ninguno de los gobiernos liderados por ese partido en los últimos 25 años ha tenido a un miembro del clan Nehru al frente y el brillo de la dinastía se ha opacado junto con su fuerza electoral. El Partido del Congreso pasó en 30 años de representar por sí solo a dos tercios del electorado a representar un cuarto y estar obligado a gobernar con el apoyo de complicadas coaliciones aceitadas con millones de rupias del erario público para pagar favores y apoyo parlamentario. Rahul Gandhi ha sido descripto regularmente como alguien en quien la vocación de liderazgo escasea y que ocupa un papel más por mandato familiar que por decisión propia.

Del lado de los hinduístas, la vieja guardia de intelectuales y tecnócratas que se fogueó en el gobierno en Nueva Delhi entre 1998 y 2004, ha sido desplazada, tras su fracaso en impedir la reelección del Primer Ministro Singh en 2009, por un liderazgo surgido del activismo callejero del movimiento hinduísta. El candidato a Primer Ministro, Narendra Modi, encabeza desde 2001 el gobierno en el estado de Gujarat. De orígenes sociales modestos, es un “hijo ideal” de la Organización Nacional de Voluntarios (RSS, por Rashtriya Swayamsevak Sangh), el movimiento hinduísta de inspiración fascistizante al que perteneciera Nathuram Godse, el asesino de Mahatma Gandhi. La RSS tiene una compleja estructura que incluye una organización infantil, a la que Modi se unió a los ocho años de edad y una estructura estudiantil, el Foro Pan-Indio de Estudiantes (ABVP), donde se destacó hasta ser reclutado para un trabajo remunerado permanente como pracharak (agitador) de la RSS. Fue uno de los organizadores de la peregrinación hinduísta a Ayodhya, en 1992, que tuvo por objeto demoler la mezquita de Babri, provocando disturbios interdenominacionales que terminaron con 2.000 muertos, en su mayoría musulmanes. El gobierno de Modi en Gujarat se cruzó de brazos ante un pogrom que se cobró la vida de alrededor de 1.000 musulmanes: el actual candidato eludió la condena judicial gracias a una tarea eficiente de destrucción de evidencia y no sólo no se ha disculpado nunca por esos hechos, sino que ha declarado que se sentía "triste" por los musulmanes muertos, del mismo modo que se siente "mal" cuando una mascota es atropellada por un auto (luego “aclararía” que sus dichos derivaban del carácter sagrado que el hinduísmo atribuye a todos los seres vivos).

Las encuestas indican que al Partido del Congreso se lo culpa por el mal desempeño actual de la economía, pero su gobierno ha sido también el blanco de masivas protestas contra la corrupción. La revista británica The Economist ha hablado de sobornos por entre cuatro y 12 mil millones de dólares desde la llegada de Singh a a la jefatura de gobierno. Las protestas, que alcanzaron masividad en 2011, encontraron un líder en Anna Hazare, un activista social que fue clave en forzar al gobierno indio a consagrar por el ley el acceso a la información pública en 2005. Sin embargo, Hazare, aún después de causar un desgaste inédito al gobierno, no se dejó tentar por la política. En su lugar, otro líder emergente de las protestas, Arvind Kejriwal, se lanzó a establecer el Partido del Hombre Común (Aam Aadmi) un nombre que curiosamente retoma el slogan de la campaña electoral de Sonia Gandhi en 2004. De la nada, Kejriwal se convirtió en diciembre pasado en el premier de Delhi, desplazando a una administración local dos veces reelecta del Partido del Congreso. Con la campaña electoral ya lanzada, el partido de Kejriwal decidió competir en las elecciones nacionales. Aunque ni éste ni el izquierdista Tercer Frente de socialistas y comunistas figuran con prominencia en las encuestas, el papel individual de Kejriwal puede provocar un giro dramático en la situación política: compite contra Modi por la banca que corresponde a la ciudad de Varanasi en la Lok Sabha (cámara baja del parlamento) y, en caso de derrotarlo, le impediría ser Primer Ministro, aunque la NDA alcance la mayoría.

De este modo, un partido incipiente podría ser el último dique contra la pesadilla del “terror azafrán” que algunos temen podría sobrevenir con Modi al frente del gobierno central. Kejriwal toma la posta del laicismo al que la UPA le ha dado un mal nombre al asociarlo con la corrupción y la ineficiencia y que la izquierda no tiene volumen para apuntalar (sobre todo después de perder los comunistas el gobierno de Bengala Occidental en 2011, después de 34 años en el poder).

Los musulmanes del vecino y también nuclear Pakistán esperan con atención también los resultados que el mundo conocerá el 16 de mayo.


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domingo, 13 de abril de 2014

Crisis en Ucrania y la Ostpolitik alemana

En situaciones como las que plantea la actual crisis en Ucrania, lo primero que hay que evitar para tratar de comprenderlas, es la sobresimplificación. Entre los muchos elementos a considerar en este caso, está la posición de el país preponderante dentro de la Unión Europea, Alemania.

Como sugiere el artículo que publica Foreign Affairs, al que se puede acceder desde el vínculo que se encuentra más abajo, Ucrania y las acciones de la Federación Rusa crean tensiones alrededor de la política hacia de Berlín hacia Moscú, que se deben tanto a lo que hace Vladimir Putin, como a la naturaleza de la Grosse Koalition que apoya al gobierno de canciller federal democristiana Angela Merkel y su Ministro de Relaciones Exteriores socialdemócrata, Frank-Walter Steinmeier.

El artículo de Jakob Mischke y Andreas Umland traza un panorama muy claro, que llega hasta los orígenes de la Ostpolitik del canciller Willy Brandt.



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martes, 1 de abril de 2014

Sol Prieto: la violencia colectiva excluye de la sociedad

Por Sol Prieto
Esto escribe la socióloga Sol Prieto y aquí lo reproducimos. Lectura recomendadísima.

JUSTICIA POR MANO PROPIA
Gente que lincha gente
Cuando la sociedad lincha, lo hace para redefinir sus límites. Y cuando distintos grupos de personas “normales”, en distintos puntos del país, linchan a personas parecidas entre sí – hombres jóvenes, pobres, que son acusados por un transeúnte de cometer un delito contra la propiedad—¡ojo! porque los quieren dejar afuera.


El viernes a la tarde en Charcas y Coronel Díaz  treinta personas se turnaron para pegarle patadas en la cara a un chico inmovilizado en el piso por el portero de un edificio que se le tiró encima. El chico le había robado la cartera a una chica a metros de la puerta del edificio en el que lo lincharon. Según el escritor y
tuitero Diego Grillo Trubba, que llegaba a su casa del trabajo en ese momento, los vecinos y transeúntes de Palermo que estaban avocados a pegarle alchico discutieron si era “más justo” pegarle entre todos o de a uno, y repudiaron y después amenazaron a una mujer que sugirió que dejaran de patearle la cara porque lo iban a matar.

En la madrugada del mismo día, en Rosario, seis personas golpearon a un joven de 21 años luego de que intentara asaltar a una pareja que esperaba el colectivo. El joven fue trasladado al hospital con un politraumatismo de cráneo y un corte en el cuero cabelludo. Una semana antes, en Rosario, más de 50 personas golpearon –con las manos y con la puerta de un auto--, patearon con botines con puntera, y le pasaron  por encima con una moto al joven rosarino David Moreira, quien estuvo tirado en el piso durante una hora hasta que fue trasladado hasta el Hospital de Emergencias Clemente Álvarez, donde finalmente murió. El miércoles posterior a la muerte de Moreira, a 15 cuadras de donde fue asesinado,  un grupo de transeúntes golpeó a un joven luego de que su compañero escapara en moto de un asalto hasta que llegó la policía. El jueves a la noche, un grupo de vecinos golpeó a un joven hasta que fue trasladado por la policía al Hospital Alberdi en Rosario. El mismo día, en San Martín, un hombre golpeó a un chico de 17 años a quien acusó de querer robarle la moto. Se le sumaron diez personas que le pegaron durante alrededor de 15 minutos hasta que la policía lo llevó al Hospital Cullen.

Hace una semana que el runrrún de las redes sociales legitima los linchamientos o se horroriza ante una supuesta barbarie irracional. Parte de la clase política y los intelectuales reproduce las dos reacciones diciendo “esto pasa cuando no llega el Estado…”, pero lo dicen sin aclarar muy bien qué es el Estado. ¿Es la policía?, ¿es la justicia?, ¿la cárcel?, ¿la escuela? ¿los trenes? ¿las autopistas? ¿la Constitución? Los diagnósticos que dominan la opinión pública y esa cosa que está en el medio de lo público y lo privado, que es Facebook y Twitter, desconoce que la violencia colectiva es un tipo específico de violencia que difiere de la interpersonal, la estatal y la doméstica y que emerge cada tanto con una función clarísima: redefinir los límites de la sociedad y decir quién queda adentro y quién no.

"Los diagnósticos que dominan la opinión pública y esa cosa que está en el medio de lo público y lo privado, que es Facebook y Twitter, desconoce que la violencia colectiva es un tipo específico de violencia que difiere de la interpersonal, la estatal y la doméstica y que emerge cada tanto con una función clarísima: redefinir los límites de la sociedad y decir quién queda adentro y quién no."


Los primeros linchamientos en los que los sociólogos pusieron el ojo fueron  los asesinatos de negros durante y después de las guerras de secesión en Estados Unidos. Robert Gibson fue uno de los autores que estudió el tema, y llamó a la violencia colectiva dirigida a los negros “el holocausto de los negros”. En las últimas décadas del siglo XIX, el linchamiento de negros fue perpetrado por las comunidades pobres y analfabetas y con estados poco desarrollados del sur de ese país: matar a un negro, para un habitante pobre, olvidado, alejado, y sin derechos del sur de los Estados Unidos, era reafirmarse como ciudadano estadounidense  diferenciándose de las personas a quienes odiaba por ser distintas a él.

En Brasil la migración interna sumada a los cambios estatales que surgieron al calor de la democratización provocaron la multiplicación de los linchamientos como forma de mantener la ecuación de la violencia y el orden por parte de los líderes territoriales vinculados al delito y el narcotráfico.  En la Guatemala, los linchamientos se generalizaron en los lugares en los que la guerra civil tuvo los picos más altos de violencia y en donde se resquebrajaron todas las lógicas de reproducción y normalidad de las comunidades y fueron reemplazadas bolsones de monopolio privado de la violencia. En los países con altos niveles de población indígena como Bolivia, Perú, y Ecuador,  los linchamientos se constituyeron como una herramienta de autonomía de las comunidades, que les permitía reforzar sus límites hacia adentro, estableciendo los límites de lo tolerante, a la vez que le demostraban al Estado su capacidad de ejercer la violencia y desconocer sus normas e instituciones.

Como se ve –si es que se ve—un linchamiento puede querer decir muchas cosas, y cuando un grupo de personas o una comunidad lincha a alguien, puede querer estar haciendo muchas cosas: para empezar, puede querer reafirmarse en su identidad, trasladar sus mecanismos punitivos de un lugar a otro del mundo, crear un orden, protestar contra el Estado, o generar y reproducir su autonomía. Decir que un grupo de personas lincha porque “no aguantan más”, o porque “el Estado no hace nada”, o porque  “no tienen piedad”, o porque “no saben lo que es el amor”, o porque “son primitivos”, aunque se diga con las mejores intenciones, las más humanas y honestas, es desconocer que lo social tiene otra lógica que lo individual, y que las personas no hacen o dejan de hacer cosas por ser buenas o malas. Incluso cuando castigan  y matan –ciertamente sin piedad--.

Un sociólogo estadounidense que llamado Charles Tilly, desde mediados de los 60 hasta el 2008, cuando murió, escribió sobre la violencia colectiva: la violencia como base de los Estados, la acumulación de recursos violentos como base de la diplomacia, la violencia política, la violencia paraestatal y  sus vínculos con las instituciones –que están todas construidas con y sobre la violencia.

Tilly dijo muchas cosas sobre qué es lo que hace la sociedad cuando lincha y por qué a veces lincha, otras veces saquea, otras veces contiene a pandillas o barras bravas que se pelean entre sí, otras veces veces alberga grupos guerrilleros y paramilitares, y otras veces se ve sacudida por una guerra civil.  Pero lo más importante es que en todos los casos, la violencia sirve para separar quiénes están adentro de la sociedad y quiénes están afuera.

Esto nos dice mucho sobre los ¡seis! linchamientos que los medios de comunicación registraron la semana pasada en Rosario y Buenos Aires. Hace ya dos décadas que parte de la clase política, la opinión pública, y los medios de comunicación, vienen creando un perfil de personas que pondrían en riesgo la normalidad de toda la sociedad. Esas dos décadas coinciden con tasas elevadas –en comparación con el resto de la historia-- de delitos contra la propiedad y la consecuente emergencia silenciosa de una cultura del delito entre los jóvenes pobres y marginales que viven en las ciudades grandes. Lo abrupto de los linchamientos marca un momento bisagra de la sociedad, donde los pobres pueden quedar totalmente del lado de afuera de lo que llamamos Argentina.
Primer paso: darse cuenta.


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lunes, 24 de marzo de 2014

24 de marzo: los que lucharon para que no sucediera

Recordar el 24 de marzo es también recordar a los que se jugaron para evitarlo, los que no especularon con ganancias de corto plazo y jugaron su liderazgo político contra los golpistas y contra los suicidas del "cuanto peor mejor". Como Oscar Alende.

lunes, 13 de enero de 2014

Terreno común entre el imperio del presente y un imperio del pasado






EE.UU. e Irán: deshielo y tercero en discordia
Viernes 17 de diciembre de 2013
Por Gabriel Puricelli*

Toda la vida adulta de Barack Obama transcurrió luego de la toma de la Embajada de los EE.UU. en Teherán por los “estudiantes” seguidores del ayatolá Ruhollah Jomeini. Toda la carrera de funcionario gubernamental de Hasán Rouhaní se desarrolló a partir de ese hecho definitorio de la relación entre Washington y el antiguo imperio persa tras la revolución que despachó al Sha Reza Pahlevi al exilio. Un sencillo llamado telefónico entre esos dos hombres fue el anticlimático cierre de una etapa en la que ambos países definieron al otro como el mal absoluto. La coreografía de la que ese llamado forma parte pretende transmitir de modo contundente que se ha producido un cambio que es presentado de modo dramático, pero que es en realidad una modificación incremental: los líderes de ambos países están dispuestos a considerar la posibilidad de que el otro no sea el mal absoluto, sino un fenómeno irreductible al que hay que hacer frente. Esa disposición simétrica no disuelve de ningún modo la asimetría entre la única superpotencia de nuestro tiempo y un país de desarrollo medio que ejerce con esfuerzo un poder regional.

El deshielo parcial entre los EE.UU. e Irán admite múltiples lecturas, pero ninguna debería darse el lujo de la simplificación. Más aún, el acuerdo entre el grupo 5+1 e Irán debe ser inscripto en una mirada de larga duración, para no sacar conclusiones apresuradas y para no emitir pronósticos concluyentes que luego se den de patadas con la realidad. Dos factores convergen para que haya avanzado la negociación entre los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU más Alemania y la república islámica: la necesidad de EE.UU. de bajar los niveles de conflictividad en una región en la que los cambios políticos recientes le hacen difícil ejercer con eficacia su influencia y el deterioro de la situación social en Irán como resultado de las sanciones económicas internacionales. Para los estadounidenses empieza a quedar claro que poseer la capacidad de arrasar militarmente el planeta entero no habilita en el mundo posterior a la Guerra Fría a ejercer influencia según los parámetros que el bipolarismo definía. Para el régimen iraní, se atisba un deterioro de su legitimidad que, de superar cierto umbral, podría ponerlo en riesgo. Los intereses de los dos países se intersectan en un punto en el que ambos requieren de resultados rápidos: unos para obtener el triunfo diplomático que se le escapó hacia las manos de Rusia en Siria, los otros para que no se esfume la expectativa inicial que suscita entre los iraníes la módica discontinuidad que representa el nuevo presidente respecto de su predecesor Mahmud Ahmadinejad.


Sin embargo, cuando todo parecía indicar que la primera ronda de negociaciones se iniciaba abajo el augurio de un acuerdo instantáneo, Francia puso el freno, con todo el poder que le da ser uno de los países con poder de veto en la ONU. La durísima posición francesa, incluida una espectacular llegada imprevista de su canciller Laurent Fabius a Ginebra, donde se desarrollaban las conversaciones, se opuso a la conclusión de un acuerdo que consideraba apresurado y sin garantías suficientes de que Irán no continuaría con su programa nuclear con fines bélicos luego de del mismo. La administración Obama fue tomada por sorpresa, si uno se guía por las destempladas declaraciones que su Secretario de Estado John Kerry le dedicó a su par francés. No sólo eso, desde los mismos sectores del Partido Republicano estadounidense que proponían dejar de llamar a las papas fritas “french fries” a causa de la “traición” francesa al oponerse a la invasión de Irak en 2003, llegaron exclamaciones de “Vive la France!”, como las del ex-candidato presidencial John McCain.


Algunos se apresuraron a calificar la actitud francesa como una continuidad de la política que llevó a Nicolas Sarkozy a ponerse a la cabeza del bombardeo de Libia en 2011. Sin embargo, Pascal Boniface, una de las voces más autorizadas entre los analistas franceses de política exterior, afirma que la posición del gobierno de su país obedece a la preocupación por alcanzar un acuerdo que no sea vulnerable a crítica de parte de Israel. Según el razonamiento de Boniface (que dedicó su libro "Los intelectuales falsificadores” a quienes, como Bernard-Henri Lévy, incitaron a Sarkozy a atacar Libia), un acuerdo a las apuradas no aseguraría desactivar la amenaza militar de un Israel insatisfecho, con argumentos para sostener que Irán podría todavía atacarlo con el arma nuclear. Los franceses (decisivos, recordemos, para que Palestina fuera aceptada como miembro de la ONU) exigieron que el acuerdo con el gobierno persa incluyera el reactor nuclear de agua pesada en la localidad de Arak, no sólo (según Boniface) para “acallar las críticas de Netanyahu”, sino para eliminar los obstáculos que el acuerdo enfrentará antes de ser aprobado por el Congreso estadounidense. En cualquier caso, hay que entender también que lo que algunos denominan la política exterior gaullo-mitterrandienne no deja pasar nunca la ocasión de poner de relieve el poder que le da a Francia su propia condición de potencia nuclear, miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU y, por tradición, guardiana estricta del régimen de no proliferación. El rechazo inicial  francés, sin embargo, no hizo descarrilar las negociaciones, que dieron como resultado un acuerdo interino sólo algunos días después de esa primera ronda.


Desde el lado iraní, hay que recordar que el país está sometido a un duro régimen de sanciones aprobadas por la ONU en una serie de resoluciones de su Consejo de Seguridad adoptadas entre 2006 y 2010. En particular, los problemas que afronta en cuanto a la financiación del comercio exterior afectan duramente a la producción en el país, con efectos devastadores sobre el consumo y el empleo. Algunos han atribuido el cambio de actitud de Teherán al cambio de gobierno, casi como si la llegada de Rouhaní implicara un cambio de régimen. Por el contrario, el nuevo jefe de gobierno proviene de la entraña del aparato de inteligencia del régimen y de la sombra del líder revolucionario Jomeini. Si hay una ruptura con su antecesor Ahmadinejad, está relacionada con una recomposición de las relaciones entre el ejecutivo y la jerarquía teocrática del régimen, para la que el anterior presidente había caído en desgracia. No puede haber lugar a confusión: la apertura negociadora busca salvaguardar la legitimidad de la teocracia y es una medida preventiva desde el punto de vista estrictamente doméstico.


Está planteado así un juego fascinante y crítico para Oriente cercano, donde los EE.UU. vuelven a poner en juego su cada vez más dificultosa capacidad de traducir en influencia política su preponderancia militar, donde Francia busca reverdecer los laureles de su grandeur y donde los ayatolás se preparan a dar, al modo leninista, dos pasos atrás para no ceder en su liderazgo del viejo imperio persa.


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miércoles, 27 de noviembre de 2013

Irán-EE.UU.: el deshielo empezó



Es el paso previo a un acuerdo más ambicioso
Martes 26 de noviembre de 2013
Por Gabriel Puricelli


El acuerdo interino entre los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU más Alemania y la República Islámica de Irán es un paso conducente a una muy necesaria distensión en Medio Oriente y el paso previo de lo que podría ser un acuerdo más ambicioso y definitivo. Las negociaciones de Ginebra, precedidas según versiones (y según sería lo esperable en un caso delicadísimo como este) de conversaciones secretas entre Washington y Teherán, no fueron sencillas, ni lo serán las encaminadas a un acuerdo de fondo. Como en cualquier acuerdo, en el caso de que finalmente lo haya, habrá concesiones mutuas: Irán deberá resignar su decisión de enriquecer uranio, mientras que EE.UU. reconocerá de hecho el status de poder regional del antiguo imperio persa.


El camino no se presenta despejado. No lo estuvo hasta ahora, como se vio con la demora en la firma del acuerdo interino que forzó Francia al requerir mayores garantías de no proliferación que las que había en principio aceptado la diplomacia liderada por John Kerry. No lo estará tampoco cuando el Presidente Barack Obama tenga que conseguir la ratificación del eventual acuerdo en la Cámara de Representantes controlada por la feroz oposición republicana. Si los franceses levantaron su veto inicial, no es esperable que los republicanos vayan a ser igual de permeables a las prioridades del Departamento de Estado. Su línea argumental es sencilla: no se puede acordar nada con Irán, porque es una encarnación del mal o porque los persas han demostrado a lo largo de la historia ser demasiado astutos. No sólo el fundamento de la crítica es metafísico, aunque se lo vista de histórico, sino que detrás de él se oculta el desconocimiento absoluto de los efectos causados por las sanciones internacionales que se le vienen aplicando con intensidad creciente a Irán desde 2006: por astuta que pueda ser la diplomacia iraní, no hay modo de ocultar la preocupación por la legitimidad del régimen teocrático que está detrás de la decisión del jefe de gobierno Hassan Rohaní de sentarse a negociar. La sola idea de que con la mera astucia Teherán pueda obviar el daño material concreto que le han producido las sanciones implica ignorar la vulnerabilidad de la economía iraní y el poderío que hace de los EE.UU. la única superpotencia de nuestro tiempo.


Es ingenuo y forzado también el razonamiento que explica el memorándum de entendimiento entre Argentina e Irán como un efecto colateral de la decisión de Washington y Teherán de volver a dirigirse la palabra. Elocuente resultó al respecto la desorientación de la Subsecretaria de Asuntos Hemisféricas Roberta Jacobson cuando una periodista argentina le preguntó por el lugar que podría ocupar la cuestión del atentado terrorista contra la AMIA en las conversaciones entre el grupo 5+1 e Irán. Al responder a esa pregunta, en el Centro de Prensa Extranjera en Nueva York, el 27 de septiembre, Jacobson se limitó a decir que la agenda de esas conversaciones estaba “repleta” y que “sencillamente no sé si (la cuestión AMIA) ha sido discutida o lo será”. Las relaciones argentino-iraníes corren por otro carril, aunque la diplomacia del Palacio San Martín intente buscar sinergias entre su propia agenda y la del grupo 5+1.

En definitiva, el juego de poder entre las potencias occidentales e Irán tiene unas bases materiales que lo explican, mucho más allá de los juegos insustanciales de la retórica diplomática o la supuesta astucia ancestral de alguno de los actores involucrados.

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miércoles, 9 de octubre de 2013

EE.UU: la pesadilla del “gobierno dividido”



La pesadilla del Capitolio dividido
Domingo 6 de Octubre de 2013
por Gabriel Puricelli

El shutdown, es decir, la suspensión de los servicios no esenciales que presta el gobierno estadounidense a sus ciudadanos puede ser vista como el síntoma de una serie de fenómenos superpuestos. En primer lugar, se trata de una situación que es favorecida por el marco constitucional, que facilita el llamado “gobierno dividido”, es decir, la presencia de partidos de distinto signo en control de los distintos poderes del estado. Vemos eso hoy en Washington, como se ha visto tantas veces antes allí y en otros países del continente americano que han redactado sus constituciones de modo tal de propiciar esquemas de control  mutuo que muchas veces terminan en bloqueos. Para entender de qué hablamos, otra versión extrema de los males que a veces propicia el “gobierno dividido” fue la destitución de Fernando Lugo de la presidencia de la Repuública del Paraguay. Sin embargo, la mayor parte del tiempo, en este tipo de ordenamientos constitucionales se evitan los episodios extremos y se da una división de poderes que oscila entre lo virtuosa y lo trabajosa. La situaciónde Obama, tanto como la situación de Lugo requieren de un ambiente político que propicie los extremos. La presencia de actores dispuestos a ir en contra de lo que podríamos denominar convencionalmente el sentido común o de una ética pública que atienda al cuidado de los ciudadanos es condición necesaria para que en un orden constitucional de este tipo se produzca un fallo así. En este sentido, los ejemplos históricos sugieren que la filosofía política que se halla detrás de estas constituciones ha encontrado una garantía contra la tiranía que no conlleva una garantía similar de eficacia del gobierno.

El segundo elemento que tenemos que analizar entonces, es la aparición de estos comportamientos extremos. Lo primero que hay que decir es que el Partido Republicano ha forzado suspensiones de la actividad gubernamental bajo los dos últimos presidentes demócratas, en ambos casos ante la percepción de que estaban implementando una agenda “de izquierda”: el incremento por parte de Bill Clinton del gasto público en educación, medio ambiente y salud pública (incluyendo el PAMI estadounidense,  Medicare), y la reforma del seguro de salud puesta en marcha por Barack Obama. Hasta 1980, el Congreso le había negado la autorización al gobierno para seguir haciendo gastos corrientes en 15 oportunidades, incluyendo cinco casos en que los legisladores demócratas lo hicieron con uno de sus correligionarios, el Presidente Jimmy Carter.  Sin embargo, hasta ese año, el gobierno continuaba funcionando con normalidad, aunque ingresaba en un área de dudosa legalidad, porque continuaba pagando los sueldos de sus empleados. El Congreso luego subsanaba esa falta legal. Después del último shutdown contra Carter, el Procurador General determinó que, de repetirse la situación en el futuro, el gobierno debía cesar toda erogación salarial. El efecto fue que durante los próximos 15 años, cada vez que una tensión similar se produjo, los efectos se limitaron a cierres de un máximo de tres días, hasta que el Congreso acaudillado por el republicano ultraconservador Newt Gingrich detuvo la maquinaria gubernamental de Clinton durante tres larguísimas, tensas semanas en diciembre de 1995 y enero de 1996. Los historiadores tienden a coincidir en señalar que esa radicalización republicana fue uno de los factores que ayudó a la reelección del presidente demócrata más tarde ese último año.

Con otros actores, la historia se reitera en el Partido Republicano actual, que no reconoce un único caudillo de su ala derecha, sino que se encuentra bajo el influjo del movimiento del Tea Party, que retoma la agenda de conservadurismo fiscal extremo de Gingrich, y lo combina con dosis parecidas de oposición al derecho de las mujeres a elegir la continuación o interrupción del embarazo, rechazo a que se imparta la teoría de la evolución de Darwin en las escuelas y defensa del derecho de los ciudadanos a la tenencia y uso de armas de fuego. Los republicanos se enfrentan a unos cambios demográficos en el país ante los cuales parecen empecinados no en adaptarse para disputar la representación de las nuevas generaciones de hijos de emigrantes de América Latina, sino en apalancarse en la representación de la población blanca del sur y del medio oeste recelosa de los cambios que la cara cambiante de la sociedad le propone a su estilo de vida. La percepción de la amenaza de un presidente negro que propone una agenda muy moderada para adaptar al gobierno a esos cambios sociales es totalmente desproporcionada respecto del impacto real que ésta tendrá en sus vidas y el Tea Party se ha embanderado con la representación de esos miedos. El liderazgo de los republicanos en el Congreso, que no necesariamente comulga con ese extremismo, ha sucumbido, sin embargo, a su influjo. La bancada republicana está hoy poblada no sólo por una porción de fanáticos fundamentalistas, sino por otra de diputados que creen que les será imposible retener sus bancas en las elecciones de renovación completa de la Cámara de Representantes en 2014 si provocan la ira del Tea Party: el movimiento se ha mostrado muy eficaz en hacer fluir dinero hacia los distritos electorales donde hay moderados para financiar campañas de desgaste que pueden terminar en su reemplazo por un fundamentalista o por un demócrata.

La administración pública estadounidense se encuentra rehén de un Partido Republicano que es a su vez rehén de una minoría intensísima de ácratas de derecha que ven en la realización de las peores pesadillas del “gobierno dividido” una oportunidad de demostrar que hay vida sin estado. Resta ver cuándo y cómo reaccionarán los republicanos que quieren evitar transformarse en habitantes permanentes e involuntarios de la oposición.


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miércoles, 18 de septiembre de 2013

sábado, 6 de julio de 2013

Tratando de entender qué pasa en Siria







Siria: bajo fuego y atrapados en un pliegue del tiempo
Sábado 6 de julio de 2013
Por Gabriel Puricelli

Dos años y 80.000 muertos después del comienzo de lo que primero fue un levantamiento ciudadano contra el gobierno y luego degeneró en guerra civil, el fin de la violencia en Siria no parece estar cerca y menos aún parecen estar claros los términos en los que ese fin podría alcanzarse.

Visto en una perspectiva histórica larga, el conflicto es una manifestación más de las tensiones que liberó el desmembramiento del Imperio Otomano después de la derrota de los socios turcos de las potencias de Europa Central en la I Guerra Mundial. En el tiempo más reciente, hay que verlo como otra manifestación nacional de la Primavera Árabe, la serie de movimientos insurreccionales que empezaron en octubre de 2010 en el Sahara Occidental y que recorrieron el arco sur y oriental del Mediterráneo provocando cambios de régimen en Túnez, Libia y Egipto y desafíos fallidos (total o parcialmente) en Yemen y Bahrein. Dentro de esta revuelta, Siria se coloca en la columna de los países con regímenes autoritarios seculares, que han sido los únicos que han visto amenazada su existencia, a diferencia de las monarquías absolutas, que sofocan tan perfectamente a la oposición que le impiden siquiera protestar o la aplastan con tanta fuerza que anulan toda veleidad de cambio.

Regímenes como el que encabezaron (desde 1971) Hafez al-Assad y su sucesor dinástico Bashar (desde la muerte de éste, en 2000) tuvieron en su cara secular un pararrayos que concentró la ira popular bajo forma de irredentismo religioso. En el caso específico sirio, el componente tribal también juega un papel. Los 25 años del mandato francés sobre los territorios que hoy ocupan Siria y el Líbano, fueron los de un dominio colonial que prohijó entenados, buscando ejercer el dominio sobre la población con apoyo de una parte de ésta. Los elegidos fueron los clanes tribales que poblaban las regiones cercanas a la costa del mar y que adherían a la corriente alauita del Islam, un subgrupo dentro de la vertiente chiíta que algunos no consideran siquiera musulmán. Los alauitas (y los chiítas considerados en su conjunto) fueron siempre una minoría dentro de Siria, pero lograron un dominio perdurable de la política en el país merced a su control de la fuerza militar, a su alianza con los colonialistas durante el dominio francés y a su homogeneidad y concentración territorial. El sincretismo que define a los alauitas como expresión religiosa parece haberlos preparado para una adaptación óptima a los cambiantes contextos internacionales que atravesó el país. En 1973, cuando el difunto al-Assad había alineado firmemente a Siria en el campo soviético de la Guerra Fría, la constitución dejó de exigir que el presidente profesara la fe musulmana. A raíz del abandono de esa prohibición hubo disturbios de inspiración islamista que el ejército reprimió con la brutalidad y eficacia por las que se haría temer en las cuatro décadas siguientes. Con soltura, al-Assad empezó a enfatizar la condición musulmana de su gobierno tras el triunfo de la revolución de los ayatolás en Irán, en 1979.

Sin embargo, esa plasticidad que había funcionado mientras la represión resultó eficaz, fue poco convincente para una oposición incentivada por las revueltas triunfantes de Túnez, Egipto y Libia. Cuando Bashar al-Assad respondió con la liberación de prisioneros políticos a las protestas de marzo de 2011 en Deraa, no eran ya concesiones lo que se esperaba de él, sino su salida y la de su régimen. La respuesta a las pretensiones opositoras fue de una contundencia militar que nada debió envidiarle a la represión ejercida por Hafez al-Assad ante desafíos similares, pero era la oposición la que ahora había encontrado una determinación mayor que la que en el pasado había sucumbido frente al terror.

Así como el régimen de al-Assad no halla el modo de restablecer su orden, tales son los cambios domésticos que se han producido, el mundo ha cambiado también de un modo que se le hace propicio a actores antes discretos e ininteligible para actores antes determinantes. Las monarquías absolutistas del Golfo ven llegada la hora de salir de la sombra de los EE.UU. en los asuntos regionales y apoyan a los elementos integristas sunnitas para hacer triunfar la insurrección. Se imaginan peleando una batalla en dos tiempos: contra los regímenes autoritarios seculares,  aliados a sectores seculares que se oponen a éstos y luego, contra el secularismo mismo. Irán se siente amenazado por el activismo de estas monarquías aliadas de EE.UU. y trata de apuntalar a al-Assad y de reforzar sus posiciones en el Líbano a través del Hezbollah. Ambas operaciones son totalmente convergentes, como lo demostraría la posible reciente participación de la milicia chiíta libanesa en una acción conjunta con el ejército sirio para recuperar de manos de los rebeldes la ciudad de al-Qusayr, cerca de la frontera con el Líbano.

Para los EE.UU., la primavera árabe en su conjunto se ha revelado un fenómeno difícil para interactuar dentro de los parámetros del “nuevo comienzo” con la región que definiera Barack Obama en su discurso en la Universidad del Cairo en 2009. Washington ha oscilado en estos años entre ver a Bashar al-Assad como un factor de estabilidad o como un tirano a deponer rápidamente. Obama se enfrenta en Siria a una situación paradojal, tal como quedó claro en su discurso del 23 de mayo en la National Defense University: “debemos fortalecer a la oposición, al tiempo que debemos aislar a los elementos extremistas.” Una proposición de implementación casi imposible. Rusia, que junto a su recuperación económica acompasada con los altos precios del gas y el petróleo recupera su vocación de ser un poder en Medio Oriente, no afronta un dilema parecido: le basta apoyar con hechos a al-Assad, mientras retóricamente se preocupa de las consecuencias de la violencia.

Si estos fueran los únicos actores a tener en cuenta, tal vez las perspectivas de la conferencia internacional de paz que Washington y Moscú anunciaron en mayo (sin poner fecha de realización) fueran más halagüeñas. Pero a las monarquías islamistas crecientemente asertivas se les suma como factor desestabilizante una Unión Europea que, bajo el principio onusiano de la “responsabilidad de proteger” a los civiles más allá de la soberanía de los estados, decidió levantar, “con condiciones” no muy bien especificadas, el embargo de entrega de armas a la oposición siria. ¿El efecto? Acelerar la entrega de misiles antiaéreos rusos al régimen. Impulsados por una visión de la política exterior orientada más por la opinión pública doméstica que por una definición realista de intereses, la UE parece tentada por una versión de baja intensidad de la intervención abierta que el entonces presidente francés Nicolas Sarkozy llevó a cabo en Libia en 2011, arrastrando a la OTAN.

Atrapados entre dos fuegos y en el pliegue de tiempo entre dos épocas, la población siria vive hoy en una Yugoslavia del sigo XXI a la que no la espera luego del dolor el ingreso a la UE y la democracia, sino tal vez un régimen integrista bajo protección saudita.




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sábado, 22 de junio de 2013

Protesta Brasil



¿Medicina petista para el gobierno del PT?
Sábado 22 de junio de 2013
Por Gabriel Puricelli

Las protestas en Brasil son el resultado de ese inesperado momento en que las reivindicaciones de larga data de un movimiento social específico conectan un más vago y difundido sentimiento de malestar social y se transforman en fenómeno de masas. Es temprano para caracterizar en detalle el movimiento de protesta y es poco prudente pretender adjetivarlo con precisión desde la posición de un observador externo y relativamente lejano, aunque hay algunos hechos que se pueden establecer con claridad y un contexto que se puede describir para intentar comprenderlo.

Lo primero es el origen, la chispa: el Movimiento Pase Libre (MPL), que convocó a las primeras protestas contra el aumento de la tarifa del transporte público en la ciudad de Sao Paulo tiene 10 años de historia, comenzando por la revuelta contra el incremento tarifario en Salvador de Bahía en 2003. Su estructuración como organización nacional empieza en 2005, luego de una reunión de representantes del activismo en pro de un transporte público no lucrativo de todo Brasil en el marco del Foro Social Mundial realizado ese año en Porto Alegre. Se trata de un movimiento social autónomo, pero que no cuesta ubicar dentro de la amplia galaxia de movimientos sociales que han nutrido y se han vinculado (siempre con tensiones) con el Partido de los Trabajadores a lo largo de los 33 años de historia de éste. Como en todo movimiento de estas características, la plataforma que lo define es acotada y sus reivindicaciones, precisas. No se trata de un movimiento antagónico con el PT y su lucha se inscribe en la reivindicación más amplia del derecho a la ciudad que reúne a otros activos movimientos sociales del país.

La protesta en Sao Paulo fue el punto de encuentro de la plataforma del MPL con un malestar más difundido, entre sectores sociales allí y en todo el país, en cuanto a la calidad de los servicios que proveen el estado nacional, los gobiernos estaduales y las administraciones municipales, respecto de la ética pública y respecto de las prioridades de gasto público que están detrás de las inversiones para preparar al país para recibir la Copa Mundial de la FIFA, en 2014, y los Juegos Olímpicos, en 2016. Las movilizaciones de masas, que en Brasil no habían sido nunca el modo de manifestación principal de la lucha política, hasta la irrupción del PT y la Central Única de Trabajadores en el ABC paulista en plena dictadura, habían pasado a segundo plano desde la llegada de ese mismo PT al gobierno, en 2004.

La amplitud de las movilizaciones se apoya sin dudas en parte en esa memoria adormecida y expresa nuevos niveles de demanda social en un país que ha vivido un proceso de ampliación de la ciudadanía de enorme envergadura en nueve años de petismo. El primero en reconocer su ADN en las movilizaciones es el mismo gobierno del PT que se ve puesto en cuestión por ellas. La dinámica que se ha desatado está lejos de estar bajo su control, pero Dilma y su partido parecen estar reaccionando de modo de ir a su encuentro y no de ir neciamente en contra de ellas.

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domingo, 26 de mayo de 2013

Animus plagiandi: De Ipola y los "olvidos" de los aduladores del gobierno

Esto escribe uno de nuestros mayores intelectuales hoy, en un medio al que no le queremos generar tráfico, y por eso lo reproducimos alegre e ¿ilegalmente? aquí:



Borrón y cuenta nueva

Por Emilio De Ipola* | 26/05/2013

Acabo de leer un artículo de Edgardo Mocca en Página/12 (19/5/2013) que me ha dejado estupefacto. Me consta que Edgardo es una persona honesta, combativa y optimista. Digamos, un optimista del presente político, un permanente del optimismo. Ahora milita en el kirchnerismo y, por supuesto, no necesito decir que es su derecho el adherir a la fuerza política que prefiera e incluso cambiar de partido cada vez que lo juzgue adecuado.
Pero hay algo que ni Mocca, ni yo ni nadie puede hacer: nadie puede por decisión propia olvidar sus opciones pasadas y, entre ellas, las iniciativas políticas que impulsó, las acciones que propició y/o las ideas que proclamó. Si se olvidan –lo que puede ocurrir–, será espontáneamente, sin habérselo propuesto. Pero ni el olvido (ni muchas otras cosas: enamorarse, entre ellas) puede ser fruto de una decisión.
Edgardo escribe en el citado periódico una opinión que titula “La agonía del progresismo”. El título me llamó de entrada la atención, porque se refería no sólo a un concepto sino también a una línea de intervención política que tuvo su hora allá por 2001 y 2002. Era un término muy utilizado para designar a algo así como la “izquierda posible” que surgía tras el fin del menemismo y que muchos consideraban encarnada –esto, Mocca lo dice– por el Frepaso de Chacho Alvarez. Tenía muchos simpatizantes en el ya desaparecido Club de Cultura Socialista, del cual Mocca era afiliado y había sido o era por entonces presidente. Y fue precisamente Mocca uno de los más entusiastas defensores, no ya del Frepaso sino de la Alianza, e incluso del candidato acordado, Fernando de la Rúa. Algunos socios del Club, pese a simpatizar con Chacho Alvarez, dudaban del “progresismo” de De la Rúa. Mocca se esforzaba, más de una vez con éxito, por disuadirlos. Recuerdo que, luego de la asunción del nuevo presidente, la comisión directiva y varios afiliados fuimos a la Casa Rosada. De la Rúa nos recibió, nos saludó y alabó la tarea de lo que llamó “el Club Social”.
La experiencia de la Alianza, como es sabido, tuvo un triste fin, con secuelas trágicas. Fernando de la Rúa debió renunciar en medio del repudio general –Alvarez lo había hecho poco tiempo atrás en un gesto aislado, sin plantear alternativas– y la Alianza se disolvió de un día para otro.
En su artículo, Mocca elogia lo que llama las “nobles negaciones” del progresismo: la de la “aventura militar”, “la del ninguneo de la democracia”, la del mesianismo determinista de la vieja izquierda, para luego enunciar acerbas críticas contra lo que queda del progresismo hoy: “… un progresismo –concluye– que no es más que un nombre elegante del conservadurismo”.
Con legítima intriga, me pregunto: ¿pudo Edgardo Mocca olvidar que, en su radio de acción, que iba más allá del solo Club, él fue una de las figuras señeras de ese progresismo? ¿Pudo olvidar que lo apoyó con firmeza y, en ocasiones, con entusiasmo? Sin duda, su artículo pretende ser una opinión “en general”, a vuelo de pájaro, pero en ella figuran nombres propios (el del Chacho, sin ir más lejos). No puedo defenderlo, por supuesto, pero quisiera poder explicarme ese “olvido”. Es incomprensible que un intelectual de su talla omita decir, respecto del triunfo de la Alianza: “Yo estuve allí, fui uno de ellos”.
Edgardo Mocca no es el único ejemplo de este borramiento de sus opciones políticas de años atrás. Lo expongo porque es el más notorio y, en cierta medida, el más sorprendente. Creo que en síntomas como el de su “olvido” subyace una creencia escondida y potente: la de concebir al kirchnerismo como un recomienzo absoluto, radical y fastuoso de la historia argentina.
*Profesor titular de la UBA e investigador del Conicet.


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jueves, 7 de marzo de 2013

martes, 26 de febrero de 2013

Bersani, Grillo, Berlusca y el caos post electoral




El bipolarismo detuvo su vuelo
Martes 26 de febrero de 2013
por Gabriel Puricelli

Ingobernable. Ese fue el adjetivo más usado durante el día de ayer por la prensa italiana para describir la realidad estructural del sistema político que las elecciones generales de ayer pusieron en evidencia. En cierto sentido, hay poca novedad allí: la historia misma de la Italia de posguerra es la de la búsqueda de una fórmula para que el país funcione aunque sea ingobernable. Esa es, sin duda, la historia de la Primera República, la que se derrumbó a fines de los ´80 bajo el peso de la corrupción del "pentapartito" que gestionó su última etapa. Los últimos años, los de la Segunda República, fueron los de la búsqueda quimérica de un bipolarismo que encorsetara la persistente fragmentación de las preferencias electorales de los italianos.

Al ensayo del bipolarismo la derecha y la izquierda llegaron armados de muy distinto modo. La derecha, con una figura carismática y polarizante, formateada en los estudios de televisión. La izquierda, munida de manuales de ciencia política y desesperada por sacarse de encima los escombros de la caída del Muro de Berlín.

Con esa munición desigual, ambos sectores pudieron pasar un tiempo en el gobierno, pero sin nunca desembarazarse de la inestabilidad como síntoma definitorio de sus gestiones. La izquierda con honestidad y vocación minimalista, la derecha con corrupción rampante y voracidad por el cambio organizaron su juego en la cubierta de un Titanic que se hunde bajo la presión del envejecimiento de la población y la escisión económica de facto del país, que ha dejado que el vagón meridional del Mezzogiorno se desenganche del norte productivo.

Redefinir el sistema político sin tomar por las astas la cuestión de la transformación económica del país creó que las condiciones para la desafección radical de un tercio de la ciudadanía que ayer se expresó a través de la abstención y del ascenso meteórico del qualunquismo de la indignación: el Movimiento Cinco Estrellas del comediante Beppe Grillo, el único ganador de unas elecciones en la que perdieron todos los miembros del elenco estable de estas dos décadas de política italiana.

Es imposible saber a esta hora si el ganador va encontrar atractiva la posibilidad de ayudar al Partido Demócratico de Pierluigi Bersani a alcanzar la presidencia del gobierno, para dejarlo zozobrar algunos meses en la incertidumbre de su falta de mayoría en el Senado o si va a ir por la estocada final en nuevas elecciones. El resultado aún sólido de un Berlusconi cuya decadencia se hace más larga de lo esperado tal vez los impulse a evitar la lotería de una opinión pública que esta vez los premió.

No sabemos si Bersani llegará a ser primer ministro, pero dos cosas están claras: el bipolarismo interrumpió su corto vuelo y los indignados aceptaron el desafío de "armar un partido y ganar elecciones". Gobernar, bueno, no parece ser el verbo que mejor conjuga con Italia.

(Para un retrato más completo de Beppe Grillo sugerimos la siguiente nota sugerida por Federico Larsen, del portal Marcha)