lunes, 22 de diciembre de 2014

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martes, 16 de diciembre de 2014

Escapando de la sombra de Atatürk























El hombre fuerte de Turquía
Jueves 25 de septiembre de 2014
Por Gabriel Puricelli

Las esquirlas que matan y mutilan en una ancha región del mundo son esquirlas del estallido del Imperio Otomano. No se puede hablar de Palestina, de Irak, de Siria sin hablar de un imperio que pasó a mejor vida hace casi un siglo y de la fallida partición de su vasto territorio por los aprendices de brujo europeos. Sin embargo, cuando se habla del que fue el centro político otomano, de Turquía, hay que hablar de la república laica que lo sucedió que del viejo imperio, que le ha ahorrado a los turcos su herencia de inestabilidad.

El 10 de agosto, los turcos eligieron por primera vez a su presidente por el voto directo de los ciudadanos. Surge así un semipresidencialismo a la francesa. El voto fue un paso más en el perfeccionamiento de un sistema democrático que se ha desembarazado de la tutela militar, y en el que una mayoría de los turcos optan de nuevo por el islamismo moderado como opción favorita. Paradójicamente, lo que puede verse como un paso adelante desde el punto de vista sistémico, viene de la mano de la legitimación de un liderazgo, el del ex-Primer Ministro y ahora Presidente Recep Tayyip Erdoğan, que carga con una serie de acciones autoritarias, en particular durante el pasado año y medio.

La república turca se fundó no sólo sobre la abolición de la monarquía, sino sobre la abolición del califato, que sancionó la separación definitiva entre el estado y la religión. En sus casi dos décadas en la cumbre del poder, hasta su muerte en 1938 mientras ejercía la presidencia, Mustafa Kemal Atatürk se aseguró de que el fundamento del poder fuera absolutamente secular, proviniera de la voluntad ciudadana o del monopolio del uso de la fuerza puesto en manos de las fuerzas armadas en las que él mismo iniciara su carrera.

El flamante presidente turco se inscribe en una corriente política que lucha pacientemente hace décadas por derribar tabúes laicos como los que impidieron por muchos años el uso femenino del velo en cualquier institución del estado. Los reaseguros del laicismo, estratégicamente implantados en instituciones no electas como las ya mencionadas fuerzas armadas, el poder judicial y (en particular) la Corte Constitucional han resultado obstáculos formidables para Erdoğan, que los enfrentó con la fuerza electoral que le dio a su Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) tres mayorías parlamentarias consecutivas. Antes de la creación del AKP en 2001, la Corte Constitucional disolvió los dos partidos islamistas de los que desciende: en 1998 prohibió el Partido del Bienestar (RP) y en 2001, el Partido de la Virtud (FP). El propio Erdoğan se vio impedido de asumir como Primer Ministro en 2002 porque desde 1998 pesaba sobre él una prohibición para ser electo para un cargo público, después de que leyó en un acto un verso de un poeta nacionalista panturco que fue interpretado por las cortes como una reivindicación del Islam contraria a la laicidad del estado. Ese recitado lo llevó incluso cuatro meses a prisión, en 1998, y lo eyectó de su cargo de alcalde de Estambul, que ejercía desde 1994 en representación del RP. En marzo de 2003, tras una reforma legal decidida por la Gran Asamblea Nacional (parlamento), el actual hombre fuerte de Turquía pudo ser electo para una banca, pasando de inmediato a ocupar el sillón de Primer Ministro que su correligionario Abdullah Gül había ocupado desde la victoria del AKP a fines del año anterior.

Ya en el poder, e incluso después de renovar en 2007 su mayoría parlamentaria con cinco millones de votos más que en la anterior elección, el AKP tuvo que enfrentar un juicio de la Corte Constitucional en 2008 que no llegó a ilegalizarlo porque no se alcanzó en el tribunal la mayoría calificada necesaria. Erdoğan eludió así el destino de Necmettin Erbakan, que fue eyectado del cargo de Primer Ministro en 1997 cuando los jueces (con las fuerzas armadas detrás) disolvieron el Partido del Bienestar.

La fortaleza de Erdoğan se basa tanto en su carisma, en el empuje que ha mostrado el crecimiento económico del país en sus largos años en el poder y en la frágil paz que se ha alcanzado con la guerrilla del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), sino en la capacidad que demostró de redefinir el mapa político turco. La fundación del AKP no consistió simplemente en la creación de una entidad politico-legal que permitiera a los islamistas seguir participando de las elecciones, sino que convocó a buena parte de los cuadros de los partidos conservadores que habían dominado la escena política turca desde los años ´50. Esa fusión dio lugar a la emergencia de lo que hoy es un partido claramente predominante, que duplica con facilidad en votos a sus opositores kemalistas del Partido Republicano del Pueblo (CHP) y cuadruplica a la derecha nacionalista panturca del Partido del Movimiento Nacional (MHP).

El CHP y el MHP intentaron vanamente desafiar ese predominio con la postulación de un candidato común a la presidencia, el ex-Secretario General de la Organización de la Conferencia Islámica Ekmeleddin İhsanoğlu. Con él, buscaron convocar tanto a la base socialdemócrata del CHP, como a los ultranacionalistas del MHP, cuyo brazo paramilitar, los Lobos Grises, contó entre sus filas Mehmet Ali Ağca, quien intentara asesinar al Papa Juan Pablo II en 1981. El candidato “atrapatodo” quedó, con 38% de los votos, a 14 puntos de alcanzar a Erdoğan. En el fallido intento, el CHP sufrió una fuga de votos que le permitió a un candidato de izquierda proveniente del Kurdistán, Selahattin Demirtaş, alcanzar casi el 10% de los votos, cerca del doble de lo que los partidos kurdos logran habitualmente en cualquier elección nacional.

Erdoğan sobrevive también a las masivas manifestaciones en su contra que empezaron en junio de 2013 en la parte europea de Estambul y se extendieron hasta marzo de este año, cuando fueron detenidos por cargos de corrupción algunos familiares de ministros del gobierno del AKP. Sin pestañear ante encuestas que indicaban una caída de su popularidad por la violenta represión de las protestas, la respuesta del entonces Primer Ministro incluyó 22 muertes entre los manifestantes. Las denuncias de corrupción, a su vez, fueron el síntoma de una ruptura política en el seno de la familia política islamista, ya que los jueces y policías que actuaron en función de ellas fueron vinculados por Erdoğan con el movimiento del predicador islámico Fethullah Gülen, que es considerado una especie de Opus Dei islámico y que es uno de los afluentes originales del AKP.

La llegada de Erdoğan a la presidencia seguramente significará la ratificación de la ruptura más significativa que impulsó como Primer Ministro en la política exterior turca: el abandono de la alianza con Israel. En un contexto turbulento como el que viven los vecinos Irak y Siria (donde el líder turco ha flirteado con jihadistas opuestos a Bashar Assad), los EE.UU. van a seguir encontrando en Turquía, el único país de la OTAN en el extremo oriental del Mediterráneo, a un socio indócil, cuyo autoritarismo doméstico puede traerle también futuros dolores de cabeza.


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sábado, 11 de octubre de 2014

El "califato" en Irak y Siria



El 10 de octubre de 2014, una conversación con Pablo Quintana en La Tijereta, en Radio Kalewche, sugiriendo algunas pistas para entender el fenómeno del Estadio Islámico en Irak y Siria.


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domingo, 5 de octubre de 2014

El reino continúa unido



Viernes 19 de septiembre de 2014
Escocia se divorcia (por lo menos) de los Tories
Por Gabriel Puricelli
Londres no pasaba una noche en vela desde los días en que la bombardearon, hace más de 70 años. Entonces y ayer a la noche, lo que había superado la inveterada calma inglesa no era ni más ni menos que una amenaza existencial.

La comparación es justa e injusta a la vez. Justa, porque lo que se puso en juego ayer en Escocia fue la supervivencia misma de un estado en la configuración que tiene desde hace más de 300 años y lo que la agresión nazi puso en cuestión fue la misma cosa. Injusta, porque la apacibilidad con que se desarrolló ayer la votación, y desde 1997 todo el proceso de devolution, es la antítesis misma de la guerra, es un triunfo de la política independiente por completo del resultado de la votación.

Cuando estas líneas estén impresas se conocerán ya las cifras del escrutinio y, con ellas, quiénes son los vencedores y quiénes los derrotados del comicio. Sin embargo, eso no debería ocultar el hecho de que las tensiones que han puesto en cuestión la unidad que se cifra en el nombre del reino de la Casa de Windsor fueron administradas con una sensatez que contrasta no sólo con los procesos que han llevado en otras partes directamente a la guerra civil, sino con la negación necia de los problemas que informa la conducta de otros gobiernos democráticos, como el de España.

La larga marcha que comenzó con el referéndum fallido de 1979, cuando no se alcanzó el quórum para restablecer una asamblea legislativa escocesa desembocó en una votación que, más allá del o del no, le otorga una legitimidad a todo el proceso de la que la altísima tasa de participación electoral (cercana al 90%) es el sello de calidad.

El otro aspecto notable, más específicamente de la campaña previa al referéndum, es que el debate no quedó atrapado en la lógica más estrecha del nacionalismo: se trató sobre todo de un debate sobre los modos de vivir en sociedad. Lo que estuvo sobre la mesa no fue una cuestión de banderas o pasaportes, sino una discusión sobre el estado de bienestar, sobre el uso de los recursos naturales, sobre la presencia de armas nucleares en tierra escocesa. Por debajo de la polarización entre el y el no, la campaña parece haber cimentado el consenso sobre el valor de tener en Escocia un estado de bienestar que debe garantizar derechos al nivel de lo que lo hacen los estados escandinavos: unos sostuvieron que eso era más factible manteniendo la unión, los otros, abriéndose de ese país donde gobiernan los conservadores, que están fuera de ese consenso.

El referéndum, que se realiza también porque el conservador David Cameron aportó el acuerdo de su gobierno para hacerlo, sanciona, independientemente del resultado, el divorcio definitivo de los escoceses con los Tories: los jefes del campo del sí, Alex Salmond, y del no, Gordon Brown, forman parte de un consenso alrededor de la idea de justicia social que será muy difícil poner en cuestión en la Escocia que surge del referéndum. Y ese es el resultado del voto de los escoceses que ya conocemos, antes de que se terminen de contar los votos.



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martes, 30 de setiembre de 2014

Los Rockefeller sueltan algo de lastre petrolero

 La columna original en el diario
Una señal de los tiempos que cambian (lentamente)
Sábado 27 de Septiembre de 2014
por Gabriel Puricelli*

¿Mucho ruido y pocas nueces? Cuando un apellido tan asociado al petróleo como Rockefeller, el de la familia que dio no sólo origen a la Standard Oil, sino que también erigió algunos de los íconos más representativos de la potencia humana puesta en acto por el combustible fósil, cuando un nombre casi sinónimo del oro negro empieza a divorciarse de éste, es imposible no preguntarse qué se cifra en esa acción. Cuando miramos un poco más de cerca los hechos, más allá de los titulares, nos asalta otra tentación, la de pasar de largo frente a un inteligente cuanto ilusorio ejercicio de relaciones públicas. Sin que ello importe contradicción, podemos pensar el anuncio del Rockefeller Brothers Fund(RBF) al mismo tiempo como síntoma del fin de la época que los padres de esa dinastía inauguraron y como un gesto de corrección política para redorar la marca Rockefeller bajo la enseña de la “responsabilidad social empresaria”. Los herederos de John D. y William Rockefeller se sumaron simbólicamente a la marcha por la Quinta Avenida hacia la sede de la ONU para reclamar acciones para mitigar el cambio climático a la cumbre del 23 de septiembre. Simbólico es, también, el adjetivo que mejor describe la cuantía de la venta de activos que el fondo tenía invertidos en compañías dedicadas a la explotación o el procesamiento de combustibles fósiles: cuando haya terminado de venderlos, habrán cambiado de mano tan sólo unos 60 millones de dólares, lo que representa menos que una gota de agua en el océano de cinco billones (millones de millones) de dólares que suman las inversiones planetarias en el sector. Incluso la cifra es pequeña en comparación con los activos totales (3.600 millones de dólares tan sólo en la Fundación Rockefeller) que controla la familia.

Sin embargo, sería necio minimizar el significado de un gesto que pone blanco sobre negro el hecho de que los combustibles fósiles empiezan a generar asociaciones casi exclusivamente negativas en las mentes de una porción creciente de la humanidad. Los Rockefeller, desde hace décadas a caballo de esa zona gris del pensamiento que comparten los casi extintos republicanos moderados y los demócratas más afines a los medios de negocios, funcionan en este caso como el barómetro de una élite del capitalismo global cuya aversión a la catástrofe supera su nunca inapetente pulsión por las ganancias.

Pocos deberíamos prestar más atención a estos signos que los argentinos, cuyos gobiernos vieron en la Standard Oil, a mediados de los ́50, a ese socio providencial que podía ayudar a estirar un período de crecimiento económico, y ahora a Chevron como ese inversor sin alergia al riesgo que puede ayudar a desenterrar un tesoro saudita en el norte de Neuquén. Los Rockefeller están redecorando la casa y los blasones de esas dos compañías de su linaje parecen destinados al altillo, aunque la familia todavía espera que rindan millones de millones de dólares antes de cerrar sus pozos.


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domingo, 25 de mayo de 2014

Parlamento Europeo 2014: resultados




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viernes, 16 de mayo de 2014

El hinduísmo arrasa en India






La ola Azafrán
Martes 22 de abril de 2014
Por Gabriel Puricelli

De los tres colores de la bandera, los indios podrían encontrarse el 16 de mayo con un gobierno que respete sólo el azafrán. Las encuestas favorecen desde comienzos de 2013 a Narendra Modi, el candidato a Primer Ministro de la Alianza Democrática Nacional (NDA), donde manda el nacionalismo hindú, identificado religiosamente con ese color.

La elección en el país democrático más poblado del mundo suscita el interés obligado por cualquier cosa que suceda en una potencia nuclear de enorme peso demográfico, pero hay dos factores a destacar. Por un lado, la posibilidad de que el laicismo de la Alianza Progresista Unida (UPA) se vea reemplazado por el nacionalismo hinduísta con pinceladas de fundamentalismo de la Alianza Nacional Democrática (NDA). Por el otro, la necesidad de la economía india de recuperar tasas de crecimiento que creen los millones de empleos que una población joven demanda: las tensiones sociales que crea crecer a menos del 5% (una tasa propia de un período de crisis para los estándares indios de las últimas dos décadas), después de un largo período con el PBI aumentando a cerca del doble de velocidad, son difíciles de metabolizar en un país tan poblado, variado y extenso.

El proceso de crecimiento y modernización heterogénea que ha vivido la India desde la liberalización económica impulsada por el actual Primer Ministro Manmohan Singh cuando fue Ministro de Finanzas (1991-1996), ha continuado bajo gobiernos tanto del Partido del Congreso (actualmente en el gobierno desde 2004,con la UPA) como del Partido Bharatiya Janata (BJP, principal miembro de la NDA). Esa trayectoria ha conllevado, en lo social, tanto la consolidación de desigualdades sociales antiquísimas, como la emergencia de una clase media antes casi inexistente. En el campo político, la pujanza económica ha sido acompañada por el desplazamiento de las viejas élites educadas y aristocratizantes y la llegada masiva al parlamento de legisladores plebeyos, incluyendo una legión de caciques regionales oportunistas, con el paralelo debilitamiento de los dos grandes partidos y, dentro de éstos, de los viejos liderazgos.

En el caso del Partido del Congreso, la dinastía inaugurada por el Pandit Nehru tras la independencia y continuada por su hija Indira Gandhi y su nieto Rajiv (ambos asesinados), sigue en apariencia incólume, con la viuda italiana de Rajiv, Sonia, en la presidencia partidaria desde hace 15 años y su hijo Rahul como candidato a Primer Ministro: sin embargo, ninguno de los gobiernos liderados por ese partido en los últimos 25 años ha tenido a un miembro del clan Nehru al frente y el brillo de la dinastía se ha opacado junto con su fuerza electoral. El Partido del Congreso pasó en 30 años de representar por sí solo a dos tercios del electorado a representar un cuarto y estar obligado a gobernar con el apoyo de complicadas coaliciones aceitadas con millones de rupias del erario público para pagar favores y apoyo parlamentario. Rahul Gandhi ha sido descripto regularmente como alguien en quien la vocación de liderazgo escasea y que ocupa un papel más por mandato familiar que por decisión propia.

Del lado de los hinduístas, la vieja guardia de intelectuales y tecnócratas que se fogueó en el gobierno en Nueva Delhi entre 1998 y 2004, ha sido desplazada, tras su fracaso en impedir la reelección del Primer Ministro Singh en 2009, por un liderazgo surgido del activismo callejero del movimiento hinduísta. El candidato a Primer Ministro, Narendra Modi, encabeza desde 2001 el gobierno en el estado de Gujarat. De orígenes sociales modestos, es un “hijo ideal” de la Organización Nacional de Voluntarios (RSS, por Rashtriya Swayamsevak Sangh), el movimiento hinduísta de inspiración fascistizante al que perteneciera Nathuram Godse, el asesino de Mahatma Gandhi. La RSS tiene una compleja estructura que incluye una organización infantil, a la que Modi se unió a los ocho años de edad y una estructura estudiantil, el Foro Pan-Indio de Estudiantes (ABVP), donde se destacó hasta ser reclutado para un trabajo remunerado permanente como pracharak (agitador) de la RSS. Fue uno de los organizadores de la peregrinación hinduísta a Ayodhya, en 1992, que tuvo por objeto demoler la mezquita de Babri, provocando disturbios interdenominacionales que terminaron con 2.000 muertos, en su mayoría musulmanes. El gobierno de Modi en Gujarat se cruzó de brazos ante un pogrom que se cobró la vida de alrededor de 1.000 musulmanes: el actual candidato eludió la condena judicial gracias a una tarea eficiente de destrucción de evidencia y no sólo no se ha disculpado nunca por esos hechos, sino que ha declarado que se sentía "triste" por los musulmanes muertos, del mismo modo que se siente "mal" cuando una mascota es atropellada por un auto (luego “aclararía” que sus dichos derivaban del carácter sagrado que el hinduísmo atribuye a todos los seres vivos).

Las encuestas indican que al Partido del Congreso se lo culpa por el mal desempeño actual de la economía, pero su gobierno ha sido también el blanco de masivas protestas contra la corrupción. La revista británica The Economist ha hablado de sobornos por entre cuatro y 12 mil millones de dólares desde la llegada de Singh a a la jefatura de gobierno. Las protestas, que alcanzaron masividad en 2011, encontraron un líder en Anna Hazare, un activista social que fue clave en forzar al gobierno indio a consagrar por el ley el acceso a la información pública en 2005. Sin embargo, Hazare, aún después de causar un desgaste inédito al gobierno, no se dejó tentar por la política. En su lugar, otro líder emergente de las protestas, Arvind Kejriwal, se lanzó a establecer el Partido del Hombre Común (Aam Aadmi) un nombre que curiosamente retoma el slogan de la campaña electoral de Sonia Gandhi en 2004. De la nada, Kejriwal se convirtió en diciembre pasado en el premier de Delhi, desplazando a una administración local dos veces reelecta del Partido del Congreso. Con la campaña electoral ya lanzada, el partido de Kejriwal decidió competir en las elecciones nacionales. Aunque ni éste ni el izquierdista Tercer Frente de socialistas y comunistas figuran con prominencia en las encuestas, el papel individual de Kejriwal puede provocar un giro dramático en la situación política: compite contra Modi por la banca que corresponde a la ciudad de Varanasi en la Lok Sabha (cámara baja del parlamento) y, en caso de derrotarlo, le impediría ser Primer Ministro, aunque la NDA alcance la mayoría.

De este modo, un partido incipiente podría ser el último dique contra la pesadilla del “terror azafrán” que algunos temen podría sobrevenir con Modi al frente del gobierno central. Kejriwal toma la posta del laicismo al que la UPA le ha dado un mal nombre al asociarlo con la corrupción y la ineficiencia y que la izquierda no tiene volumen para apuntalar (sobre todo después de perder los comunistas el gobierno de Bengala Occidental en 2011, después de 34 años en el poder).

Los musulmanes del vecino y también nuclear Pakistán esperan con atención también los resultados que el mundo conocerá el 16 de mayo.


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domingo, 13 de abril de 2014

Crisis en Ucrania y la Ostpolitik alemana

En situaciones como las que plantea la actual crisis en Ucrania, lo primero que hay que evitar para tratar de comprenderlas, es la sobresimplificación. Entre los muchos elementos a considerar en este caso, está la posición de el país preponderante dentro de la Unión Europea, Alemania.

Como sugiere el artículo que publica Foreign Affairs, al que se puede acceder desde el vínculo que se encuentra más abajo, Ucrania y las acciones de la Federación Rusa crean tensiones alrededor de la política hacia de Berlín hacia Moscú, que se deben tanto a lo que hace Vladimir Putin, como a la naturaleza de la Grosse Koalition que apoya al gobierno de canciller federal democristiana Angela Merkel y su Ministro de Relaciones Exteriores socialdemócrata, Frank-Walter Steinmeier.

El artículo de Jakob Mischke y Andreas Umland traza un panorama muy claro, que llega hasta los orígenes de la Ostpolitik del canciller Willy Brandt.



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martes, 1 de abril de 2014

Sol Prieto: la violencia colectiva excluye de la sociedad

Por Sol Prieto
Esto escribe la socióloga Sol Prieto y aquí lo reproducimos. Lectura recomendadísima.

JUSTICIA POR MANO PROPIA
Gente que lincha gente
Cuando la sociedad lincha, lo hace para redefinir sus límites. Y cuando distintos grupos de personas “normales”, en distintos puntos del país, linchan a personas parecidas entre sí – hombres jóvenes, pobres, que son acusados por un transeúnte de cometer un delito contra la propiedad—¡ojo! porque los quieren dejar afuera.


El viernes a la tarde en Charcas y Coronel Díaz  treinta personas se turnaron para pegarle patadas en la cara a un chico inmovilizado en el piso por el portero de un edificio que se le tiró encima. El chico le había robado la cartera a una chica a metros de la puerta del edificio en el que lo lincharon. Según el escritor y
tuitero Diego Grillo Trubba, que llegaba a su casa del trabajo en ese momento, los vecinos y transeúntes de Palermo que estaban avocados a pegarle alchico discutieron si era “más justo” pegarle entre todos o de a uno, y repudiaron y después amenazaron a una mujer que sugirió que dejaran de patearle la cara porque lo iban a matar.

En la madrugada del mismo día, en Rosario, seis personas golpearon a un joven de 21 años luego de que intentara asaltar a una pareja que esperaba el colectivo. El joven fue trasladado al hospital con un politraumatismo de cráneo y un corte en el cuero cabelludo. Una semana antes, en Rosario, más de 50 personas golpearon –con las manos y con la puerta de un auto--, patearon con botines con puntera, y le pasaron  por encima con una moto al joven rosarino David Moreira, quien estuvo tirado en el piso durante una hora hasta que fue trasladado hasta el Hospital de Emergencias Clemente Álvarez, donde finalmente murió. El miércoles posterior a la muerte de Moreira, a 15 cuadras de donde fue asesinado,  un grupo de transeúntes golpeó a un joven luego de que su compañero escapara en moto de un asalto hasta que llegó la policía. El jueves a la noche, un grupo de vecinos golpeó a un joven hasta que fue trasladado por la policía al Hospital Alberdi en Rosario. El mismo día, en San Martín, un hombre golpeó a un chico de 17 años a quien acusó de querer robarle la moto. Se le sumaron diez personas que le pegaron durante alrededor de 15 minutos hasta que la policía lo llevó al Hospital Cullen.

Hace una semana que el runrrún de las redes sociales legitima los linchamientos o se horroriza ante una supuesta barbarie irracional. Parte de la clase política y los intelectuales reproduce las dos reacciones diciendo “esto pasa cuando no llega el Estado…”, pero lo dicen sin aclarar muy bien qué es el Estado. ¿Es la policía?, ¿es la justicia?, ¿la cárcel?, ¿la escuela? ¿los trenes? ¿las autopistas? ¿la Constitución? Los diagnósticos que dominan la opinión pública y esa cosa que está en el medio de lo público y lo privado, que es Facebook y Twitter, desconoce que la violencia colectiva es un tipo específico de violencia que difiere de la interpersonal, la estatal y la doméstica y que emerge cada tanto con una función clarísima: redefinir los límites de la sociedad y decir quién queda adentro y quién no.

"Los diagnósticos que dominan la opinión pública y esa cosa que está en el medio de lo público y lo privado, que es Facebook y Twitter, desconoce que la violencia colectiva es un tipo específico de violencia que difiere de la interpersonal, la estatal y la doméstica y que emerge cada tanto con una función clarísima: redefinir los límites de la sociedad y decir quién queda adentro y quién no."


Los primeros linchamientos en los que los sociólogos pusieron el ojo fueron  los asesinatos de negros durante y después de las guerras de secesión en Estados Unidos. Robert Gibson fue uno de los autores que estudió el tema, y llamó a la violencia colectiva dirigida a los negros “el holocausto de los negros”. En las últimas décadas del siglo XIX, el linchamiento de negros fue perpetrado por las comunidades pobres y analfabetas y con estados poco desarrollados del sur de ese país: matar a un negro, para un habitante pobre, olvidado, alejado, y sin derechos del sur de los Estados Unidos, era reafirmarse como ciudadano estadounidense  diferenciándose de las personas a quienes odiaba por ser distintas a él.

En Brasil la migración interna sumada a los cambios estatales que surgieron al calor de la democratización provocaron la multiplicación de los linchamientos como forma de mantener la ecuación de la violencia y el orden por parte de los líderes territoriales vinculados al delito y el narcotráfico.  En la Guatemala, los linchamientos se generalizaron en los lugares en los que la guerra civil tuvo los picos más altos de violencia y en donde se resquebrajaron todas las lógicas de reproducción y normalidad de las comunidades y fueron reemplazadas bolsones de monopolio privado de la violencia. En los países con altos niveles de población indígena como Bolivia, Perú, y Ecuador,  los linchamientos se constituyeron como una herramienta de autonomía de las comunidades, que les permitía reforzar sus límites hacia adentro, estableciendo los límites de lo tolerante, a la vez que le demostraban al Estado su capacidad de ejercer la violencia y desconocer sus normas e instituciones.

Como se ve –si es que se ve—un linchamiento puede querer decir muchas cosas, y cuando un grupo de personas o una comunidad lincha a alguien, puede querer estar haciendo muchas cosas: para empezar, puede querer reafirmarse en su identidad, trasladar sus mecanismos punitivos de un lugar a otro del mundo, crear un orden, protestar contra el Estado, o generar y reproducir su autonomía. Decir que un grupo de personas lincha porque “no aguantan más”, o porque “el Estado no hace nada”, o porque  “no tienen piedad”, o porque “no saben lo que es el amor”, o porque “son primitivos”, aunque se diga con las mejores intenciones, las más humanas y honestas, es desconocer que lo social tiene otra lógica que lo individual, y que las personas no hacen o dejan de hacer cosas por ser buenas o malas. Incluso cuando castigan  y matan –ciertamente sin piedad--.

Un sociólogo estadounidense que llamado Charles Tilly, desde mediados de los 60 hasta el 2008, cuando murió, escribió sobre la violencia colectiva: la violencia como base de los Estados, la acumulación de recursos violentos como base de la diplomacia, la violencia política, la violencia paraestatal y  sus vínculos con las instituciones –que están todas construidas con y sobre la violencia.

Tilly dijo muchas cosas sobre qué es lo que hace la sociedad cuando lincha y por qué a veces lincha, otras veces saquea, otras veces contiene a pandillas o barras bravas que se pelean entre sí, otras veces veces alberga grupos guerrilleros y paramilitares, y otras veces se ve sacudida por una guerra civil.  Pero lo más importante es que en todos los casos, la violencia sirve para separar quiénes están adentro de la sociedad y quiénes están afuera.

Esto nos dice mucho sobre los ¡seis! linchamientos que los medios de comunicación registraron la semana pasada en Rosario y Buenos Aires. Hace ya dos décadas que parte de la clase política, la opinión pública, y los medios de comunicación, vienen creando un perfil de personas que pondrían en riesgo la normalidad de toda la sociedad. Esas dos décadas coinciden con tasas elevadas –en comparación con el resto de la historia-- de delitos contra la propiedad y la consecuente emergencia silenciosa de una cultura del delito entre los jóvenes pobres y marginales que viven en las ciudades grandes. Lo abrupto de los linchamientos marca un momento bisagra de la sociedad, donde los pobres pueden quedar totalmente del lado de afuera de lo que llamamos Argentina.
Primer paso: darse cuenta.


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lunes, 24 de marzo de 2014

24 de marzo: los que lucharon para que no sucediera

Recordar el 24 de marzo es también recordar a los que se jugaron para evitarlo, los que no especularon con ganancias de corto plazo y jugaron su liderazgo político contra los golpistas y contra los suicidas del "cuanto peor mejor". Como Oscar Alende.

lunes, 13 de enero de 2014

Terreno común entre el imperio del presente y un imperio del pasado






EE.UU. e Irán: deshielo y tercero en discordia
Viernes 17 de diciembre de 2013
Por Gabriel Puricelli*

Toda la vida adulta de Barack Obama transcurrió luego de la toma de la Embajada de los EE.UU. en Teherán por los “estudiantes” seguidores del ayatolá Ruhollah Jomeini. Toda la carrera de funcionario gubernamental de Hasán Rouhaní se desarrolló a partir de ese hecho definitorio de la relación entre Washington y el antiguo imperio persa tras la revolución que despachó al Sha Reza Pahlevi al exilio. Un sencillo llamado telefónico entre esos dos hombres fue el anticlimático cierre de una etapa en la que ambos países definieron al otro como el mal absoluto. La coreografía de la que ese llamado forma parte pretende transmitir de modo contundente que se ha producido un cambio que es presentado de modo dramático, pero que es en realidad una modificación incremental: los líderes de ambos países están dispuestos a considerar la posibilidad de que el otro no sea el mal absoluto, sino un fenómeno irreductible al que hay que hacer frente. Esa disposición simétrica no disuelve de ningún modo la asimetría entre la única superpotencia de nuestro tiempo y un país de desarrollo medio que ejerce con esfuerzo un poder regional.

El deshielo parcial entre los EE.UU. e Irán admite múltiples lecturas, pero ninguna debería darse el lujo de la simplificación. Más aún, el acuerdo entre el grupo 5+1 e Irán debe ser inscripto en una mirada de larga duración, para no sacar conclusiones apresuradas y para no emitir pronósticos concluyentes que luego se den de patadas con la realidad. Dos factores convergen para que haya avanzado la negociación entre los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU más Alemania y la república islámica: la necesidad de EE.UU. de bajar los niveles de conflictividad en una región en la que los cambios políticos recientes le hacen difícil ejercer con eficacia su influencia y el deterioro de la situación social en Irán como resultado de las sanciones económicas internacionales. Para los estadounidenses empieza a quedar claro que poseer la capacidad de arrasar militarmente el planeta entero no habilita en el mundo posterior a la Guerra Fría a ejercer influencia según los parámetros que el bipolarismo definía. Para el régimen iraní, se atisba un deterioro de su legitimidad que, de superar cierto umbral, podría ponerlo en riesgo. Los intereses de los dos países se intersectan en un punto en el que ambos requieren de resultados rápidos: unos para obtener el triunfo diplomático que se le escapó hacia las manos de Rusia en Siria, los otros para que no se esfume la expectativa inicial que suscita entre los iraníes la módica discontinuidad que representa el nuevo presidente respecto de su predecesor Mahmud Ahmadinejad.


Sin embargo, cuando todo parecía indicar que la primera ronda de negociaciones se iniciaba abajo el augurio de un acuerdo instantáneo, Francia puso el freno, con todo el poder que le da ser uno de los países con poder de veto en la ONU. La durísima posición francesa, incluida una espectacular llegada imprevista de su canciller Laurent Fabius a Ginebra, donde se desarrollaban las conversaciones, se opuso a la conclusión de un acuerdo que consideraba apresurado y sin garantías suficientes de que Irán no continuaría con su programa nuclear con fines bélicos luego de del mismo. La administración Obama fue tomada por sorpresa, si uno se guía por las destempladas declaraciones que su Secretario de Estado John Kerry le dedicó a su par francés. No sólo eso, desde los mismos sectores del Partido Republicano estadounidense que proponían dejar de llamar a las papas fritas “french fries” a causa de la “traición” francesa al oponerse a la invasión de Irak en 2003, llegaron exclamaciones de “Vive la France!”, como las del ex-candidato presidencial John McCain.


Algunos se apresuraron a calificar la actitud francesa como una continuidad de la política que llevó a Nicolas Sarkozy a ponerse a la cabeza del bombardeo de Libia en 2011. Sin embargo, Pascal Boniface, una de las voces más autorizadas entre los analistas franceses de política exterior, afirma que la posición del gobierno de su país obedece a la preocupación por alcanzar un acuerdo que no sea vulnerable a crítica de parte de Israel. Según el razonamiento de Boniface (que dedicó su libro "Los intelectuales falsificadores” a quienes, como Bernard-Henri Lévy, incitaron a Sarkozy a atacar Libia), un acuerdo a las apuradas no aseguraría desactivar la amenaza militar de un Israel insatisfecho, con argumentos para sostener que Irán podría todavía atacarlo con el arma nuclear. Los franceses (decisivos, recordemos, para que Palestina fuera aceptada como miembro de la ONU) exigieron que el acuerdo con el gobierno persa incluyera el reactor nuclear de agua pesada en la localidad de Arak, no sólo (según Boniface) para “acallar las críticas de Netanyahu”, sino para eliminar los obstáculos que el acuerdo enfrentará antes de ser aprobado por el Congreso estadounidense. En cualquier caso, hay que entender también que lo que algunos denominan la política exterior gaullo-mitterrandienne no deja pasar nunca la ocasión de poner de relieve el poder que le da a Francia su propia condición de potencia nuclear, miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU y, por tradición, guardiana estricta del régimen de no proliferación. El rechazo inicial  francés, sin embargo, no hizo descarrilar las negociaciones, que dieron como resultado un acuerdo interino sólo algunos días después de esa primera ronda.


Desde el lado iraní, hay que recordar que el país está sometido a un duro régimen de sanciones aprobadas por la ONU en una serie de resoluciones de su Consejo de Seguridad adoptadas entre 2006 y 2010. En particular, los problemas que afronta en cuanto a la financiación del comercio exterior afectan duramente a la producción en el país, con efectos devastadores sobre el consumo y el empleo. Algunos han atribuido el cambio de actitud de Teherán al cambio de gobierno, casi como si la llegada de Rouhaní implicara un cambio de régimen. Por el contrario, el nuevo jefe de gobierno proviene de la entraña del aparato de inteligencia del régimen y de la sombra del líder revolucionario Jomeini. Si hay una ruptura con su antecesor Ahmadinejad, está relacionada con una recomposición de las relaciones entre el ejecutivo y la jerarquía teocrática del régimen, para la que el anterior presidente había caído en desgracia. No puede haber lugar a confusión: la apertura negociadora busca salvaguardar la legitimidad de la teocracia y es una medida preventiva desde el punto de vista estrictamente doméstico.


Está planteado así un juego fascinante y crítico para Oriente cercano, donde los EE.UU. vuelven a poner en juego su cada vez más dificultosa capacidad de traducir en influencia política su preponderancia militar, donde Francia busca reverdecer los laureles de su grandeur y donde los ayatolás se preparan a dar, al modo leninista, dos pasos atrás para no ceder en su liderazgo del viejo imperio persa.


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miércoles, 27 de noviembre de 2013

Irán-EE.UU.: el deshielo empezó



Es el paso previo a un acuerdo más ambicioso
Martes 26 de noviembre de 2013
Por Gabriel Puricelli


El acuerdo interino entre los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU más Alemania y la República Islámica de Irán es un paso conducente a una muy necesaria distensión en Medio Oriente y el paso previo de lo que podría ser un acuerdo más ambicioso y definitivo. Las negociaciones de Ginebra, precedidas según versiones (y según sería lo esperable en un caso delicadísimo como este) de conversaciones secretas entre Washington y Teherán, no fueron sencillas, ni lo serán las encaminadas a un acuerdo de fondo. Como en cualquier acuerdo, en el caso de que finalmente lo haya, habrá concesiones mutuas: Irán deberá resignar su decisión de enriquecer uranio, mientras que EE.UU. reconocerá de hecho el status de poder regional del antiguo imperio persa.


El camino no se presenta despejado. No lo estuvo hasta ahora, como se vio con la demora en la firma del acuerdo interino que forzó Francia al requerir mayores garantías de no proliferación que las que había en principio aceptado la diplomacia liderada por John Kerry. No lo estará tampoco cuando el Presidente Barack Obama tenga que conseguir la ratificación del eventual acuerdo en la Cámara de Representantes controlada por la feroz oposición republicana. Si los franceses levantaron su veto inicial, no es esperable que los republicanos vayan a ser igual de permeables a las prioridades del Departamento de Estado. Su línea argumental es sencilla: no se puede acordar nada con Irán, porque es una encarnación del mal o porque los persas han demostrado a lo largo de la historia ser demasiado astutos. No sólo el fundamento de la crítica es metafísico, aunque se lo vista de histórico, sino que detrás de él se oculta el desconocimiento absoluto de los efectos causados por las sanciones internacionales que se le vienen aplicando con intensidad creciente a Irán desde 2006: por astuta que pueda ser la diplomacia iraní, no hay modo de ocultar la preocupación por la legitimidad del régimen teocrático que está detrás de la decisión del jefe de gobierno Hassan Rohaní de sentarse a negociar. La sola idea de que con la mera astucia Teherán pueda obviar el daño material concreto que le han producido las sanciones implica ignorar la vulnerabilidad de la economía iraní y el poderío que hace de los EE.UU. la única superpotencia de nuestro tiempo.


Es ingenuo y forzado también el razonamiento que explica el memorándum de entendimiento entre Argentina e Irán como un efecto colateral de la decisión de Washington y Teherán de volver a dirigirse la palabra. Elocuente resultó al respecto la desorientación de la Subsecretaria de Asuntos Hemisféricas Roberta Jacobson cuando una periodista argentina le preguntó por el lugar que podría ocupar la cuestión del atentado terrorista contra la AMIA en las conversaciones entre el grupo 5+1 e Irán. Al responder a esa pregunta, en el Centro de Prensa Extranjera en Nueva York, el 27 de septiembre, Jacobson se limitó a decir que la agenda de esas conversaciones estaba “repleta” y que “sencillamente no sé si (la cuestión AMIA) ha sido discutida o lo será”. Las relaciones argentino-iraníes corren por otro carril, aunque la diplomacia del Palacio San Martín intente buscar sinergias entre su propia agenda y la del grupo 5+1.

En definitiva, el juego de poder entre las potencias occidentales e Irán tiene unas bases materiales que lo explican, mucho más allá de los juegos insustanciales de la retórica diplomática o la supuesta astucia ancestral de alguno de los actores involucrados.

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miércoles, 9 de octubre de 2013

EE.UU: la pesadilla del “gobierno dividido”



La pesadilla del Capitolio dividido
Domingo 6 de Octubre de 2013
por Gabriel Puricelli

El shutdown, es decir, la suspensión de los servicios no esenciales que presta el gobierno estadounidense a sus ciudadanos puede ser vista como el síntoma de una serie de fenómenos superpuestos. En primer lugar, se trata de una situación que es favorecida por el marco constitucional, que facilita el llamado “gobierno dividido”, es decir, la presencia de partidos de distinto signo en control de los distintos poderes del estado. Vemos eso hoy en Washington, como se ha visto tantas veces antes allí y en otros países del continente americano que han redactado sus constituciones de modo tal de propiciar esquemas de control  mutuo que muchas veces terminan en bloqueos. Para entender de qué hablamos, otra versión extrema de los males que a veces propicia el “gobierno dividido” fue la destitución de Fernando Lugo de la presidencia de la Repuública del Paraguay. Sin embargo, la mayor parte del tiempo, en este tipo de ordenamientos constitucionales se evitan los episodios extremos y se da una división de poderes que oscila entre lo virtuosa y lo trabajosa. La situaciónde Obama, tanto como la situación de Lugo requieren de un ambiente político que propicie los extremos. La presencia de actores dispuestos a ir en contra de lo que podríamos denominar convencionalmente el sentido común o de una ética pública que atienda al cuidado de los ciudadanos es condición necesaria para que en un orden constitucional de este tipo se produzca un fallo así. En este sentido, los ejemplos históricos sugieren que la filosofía política que se halla detrás de estas constituciones ha encontrado una garantía contra la tiranía que no conlleva una garantía similar de eficacia del gobierno.

El segundo elemento que tenemos que analizar entonces, es la aparición de estos comportamientos extremos. Lo primero que hay que decir es que el Partido Republicano ha forzado suspensiones de la actividad gubernamental bajo los dos últimos presidentes demócratas, en ambos casos ante la percepción de que estaban implementando una agenda “de izquierda”: el incremento por parte de Bill Clinton del gasto público en educación, medio ambiente y salud pública (incluyendo el PAMI estadounidense,  Medicare), y la reforma del seguro de salud puesta en marcha por Barack Obama. Hasta 1980, el Congreso le había negado la autorización al gobierno para seguir haciendo gastos corrientes en 15 oportunidades, incluyendo cinco casos en que los legisladores demócratas lo hicieron con uno de sus correligionarios, el Presidente Jimmy Carter.  Sin embargo, hasta ese año, el gobierno continuaba funcionando con normalidad, aunque ingresaba en un área de dudosa legalidad, porque continuaba pagando los sueldos de sus empleados. El Congreso luego subsanaba esa falta legal. Después del último shutdown contra Carter, el Procurador General determinó que, de repetirse la situación en el futuro, el gobierno debía cesar toda erogación salarial. El efecto fue que durante los próximos 15 años, cada vez que una tensión similar se produjo, los efectos se limitaron a cierres de un máximo de tres días, hasta que el Congreso acaudillado por el republicano ultraconservador Newt Gingrich detuvo la maquinaria gubernamental de Clinton durante tres larguísimas, tensas semanas en diciembre de 1995 y enero de 1996. Los historiadores tienden a coincidir en señalar que esa radicalización republicana fue uno de los factores que ayudó a la reelección del presidente demócrata más tarde ese último año.

Con otros actores, la historia se reitera en el Partido Republicano actual, que no reconoce un único caudillo de su ala derecha, sino que se encuentra bajo el influjo del movimiento del Tea Party, que retoma la agenda de conservadurismo fiscal extremo de Gingrich, y lo combina con dosis parecidas de oposición al derecho de las mujeres a elegir la continuación o interrupción del embarazo, rechazo a que se imparta la teoría de la evolución de Darwin en las escuelas y defensa del derecho de los ciudadanos a la tenencia y uso de armas de fuego. Los republicanos se enfrentan a unos cambios demográficos en el país ante los cuales parecen empecinados no en adaptarse para disputar la representación de las nuevas generaciones de hijos de emigrantes de América Latina, sino en apalancarse en la representación de la población blanca del sur y del medio oeste recelosa de los cambios que la cara cambiante de la sociedad le propone a su estilo de vida. La percepción de la amenaza de un presidente negro que propone una agenda muy moderada para adaptar al gobierno a esos cambios sociales es totalmente desproporcionada respecto del impacto real que ésta tendrá en sus vidas y el Tea Party se ha embanderado con la representación de esos miedos. El liderazgo de los republicanos en el Congreso, que no necesariamente comulga con ese extremismo, ha sucumbido, sin embargo, a su influjo. La bancada republicana está hoy poblada no sólo por una porción de fanáticos fundamentalistas, sino por otra de diputados que creen que les será imposible retener sus bancas en las elecciones de renovación completa de la Cámara de Representantes en 2014 si provocan la ira del Tea Party: el movimiento se ha mostrado muy eficaz en hacer fluir dinero hacia los distritos electorales donde hay moderados para financiar campañas de desgaste que pueden terminar en su reemplazo por un fundamentalista o por un demócrata.

La administración pública estadounidense se encuentra rehén de un Partido Republicano que es a su vez rehén de una minoría intensísima de ácratas de derecha que ven en la realización de las peores pesadillas del “gobierno dividido” una oportunidad de demostrar que hay vida sin estado. Resta ver cuándo y cómo reaccionarán los republicanos que quieren evitar transformarse en habitantes permanentes e involuntarios de la oposición.


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